NOTA DE COLOR
La inmigración irlandesa comenzó a llegar a la Argentina con las hambrunas europeas de fines de la década de 1840, provocadas por la epidemia de roya de la papa. Se acentuó después de la caída de Rosas. Se estima que en el siglo XIX vinieron entre 10.000 y 15.000 inmigrantes irlandeses. Al principio se asentaron al sur de Buenos Aires, en Cañuelas, Chascomús y Ranchos, pero a partir de 1860 su presencia se multiplicó al oeste, en Capilla del Señor, Mercedes, Luján, Carmen de Areco y San Andrés de Giles, y aún más allá. Por entonces, los laboriosos irlandeses comenzaban a comprar tierras, y las del oeste costaban menos que las del sur. La inmigración irlandesa estuvo íntimamente ligada al desarrollo de la ganadería ovina, que en la provincia de Buenos Aires había sido insignificante hasta mediados del XIX, pero que después experimentó un boom. En esas décadas, antes de que el epicentro de la producción ovina pasara a la región patagónica, la lana era la principal exportación de la provincia Buenos Aires. Así, el gaucho vaquero fue en buena medida reemplazado por el pastor vasco, irlandés o escocés. Las estancias ovejeras eran generalmente pequeñas, de un millar de hectáreas, conducidas en forma familiar, si bien los sheep farmers más exitosos llegaron a tener grandes propiedades, con más de 100.000 ovejas. En la conformación de la comunidad irlandesa se destacó el padre Fahy, que llegó en 1844 y durante tres décadas fue el líder espiritual. Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta. Diversos apellidos irlandeses, como los Casey, Duggan, Garrahan, Ham y Kavanagh, se integraron a la gran burguesía porteña desde fines del XIX. Varios de ellos fueron miembros fundadores del Jockey Club.